Vecinos, cómplices del fascismo

En una película, ambientada en la Italia de los años 30, un hombre defendía con ardor ser un auténtico fascista. Hubo un momento de la historia que ser fascista tenía connotaciones positivas para amplios sectores sociales . Lo que ahora es un insulto, una descalificación absoluta del interpelado, resulta que no hace tanto era un halago. Hoy pocos dirían que son fascistas, ni se identificarían con opciones políticas que usaran esa denominación. Algo parecido sucede con la palabra estalinista, en menor medida, como si su carga de muerte, tortura y represión, no fuese suficiente como para que cualquier uso positivo de la etiqueta no significase la expulsión al infierno de la barbarie.

Pensé en esto al recordar una pintada en un fachada del centro de Barcelona: “vecinos, cómplices del fascismo” -en catalán-. Inevitable recordatorio, sobre el vidrio y metal de la puerta, para los que cruzasen el umbral. En el edificio, los autores de la pintada parecían haber identificado a una persona que merecía el calificativo de fascista. En la misma fachada destaca, aún hoy, muy centrado, un mástil en el primer piso y detrás del mismo restos de pintura, como las que quedan cuando se lanzan bolsas de pintura que estallan al impactar contra la piedra. ¿Qué es lo que ondea en el mástil que provoco la ira de los pintores?  ¿Qué bandera merece ese trato?  Fácil, el vecino hacía ondear la bandera constitucional española. Ese detalle había provocado sus iras. Como las bolsas de pintura, no había servido para evitar esa enseña, realizaron la pintada. ¿Habrían enviado también al buzón del vecino una carta amenazante con una bala como aviso? El caso es que habían decidido implicar a los vecinos, para que les ayudasen en la represión del díscolo. Su mensaje: “Vosotros veréis, pero si no detenéis al ´fascista´, entenderemos que estáis junto a él y ateneos a las consecuencias”. Los “buenos” pintores son “una minoría que no representa a nadie”,  pero aparecen siempre como el ultimo eslabón de una cadena que empieza con la colocación de la etiqueta para apestados expulsados del cuerpo social: Fascista.

No nos podemos sorprender, seran muy pocos los que se autocalificarán de fascistas, por mucho que sus objetivos y practicas puedan recordar a las de la intimidación nazi. Al contrario, el insulto, como etiqueta, será lanzado contra su víctima, confundiendo con ello tanto respecto a sus métodos, como respecto a sus objetivos. Fascista es el otro, esa victima, que ve limitado sus derechos democráticos, que ve mutiladas sus libertades, que se le amenaza y agrede, y además debe pasar por el embudo del insulto descalificatorio, que justifica lo que le pasa: Es un fascista, se lo merece.

¿Sorprendente? No. Cuando la televisión pública emite documentales que tratan a los terrorista como combatientes por la libertad. Cuando un alto cargo del Gobierno considera que un grupo terrorista fue util para la Cataluña del momento. Cuando se dedican calles a personas que colaboraron en la colocación de bombas en el pecho de un hombre –que estallo y le destrozaron-. Cuando una persona que se declaró amiga de ETA y condenada por apología del terror, recibe homenajes institucionales (http://observatorioviolenciapolitica.blogspot.com/). Cuando, ante todo esto, no pasa nada, no podemos después sorprendernos si se envían carteles ensangrentados con balas dedicadas, si se agrede a personas que piden un nuevo partido “infiel”. Los autores ya se ven recordados en un futuro como combatientes por la libertad y puede que logren dar nombre a  una calle.

No esperemos ahora , en el siglo XXI, que todos los fascistas se denominen como tal. No todos irán uniformados alzando el brazo con su mano extendida cantando el cara al sol. El nuevo fascismo viene con una nueva apariencia y el cuerpo democrático lo ha de distinguir por sus procedimientos y por sus objetivos. La apariencia externa ha cambiado, como lo haría el  virus que muta para superar las defensas de un ser vivo. Los nuevos fascismos tienen una nueva cara, una estética aparentemente dulce, multicolor. Con objetivos mezclados, como antaño, con las buenas palabras de lo políticamente correcto. Vendrán con procedimientos que, aparentemente, usan guantes de seda, pero que no dudaran en utilizar sus propias versiones de SA para ciertas pintadas, carteles y amenazas. Tendremos que  aprender a distinguir el uniforme pardo bajo la estetica colorida, los objetivos totalitarios entre las declaradas buenas intenciones.

Por prevención ante todo esto, no podemos mirar para otro lado ante algunos sucesos que ocurren en Cataluña. No podemos mirar a otro lado cuando desde el poder se establecen cordones informativos en los diversos “carmelos” existentes. No podemos admitir los dossiers sobre prensa “amiga” o no. No guardemos silencio ante la coacción a los díscolos de la identidad lingüística correcta que ejecutan las diferentes “plataformas per la llengua” -que actúan a plena luz del día cebadas convenientemente con ingentes subvenciones publicas-. No podemos mirar para otro lado cuando observamos como se instalan practicas totalitarias en la obsesión por la homogeneidad étnica y lingüística de la denominada construcción nacional.

El nuevo virus se esta gestando sin que las defensas del cuerpo democrático estén demostrando capacidad de distinguirlo ¿será porque ya han infectado el núcleo de los que tienen la responsabilidad de detenerlos?.

Félix Pérez Romera
Barcelona, viernes, 14 de diciembre de 2007

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