Catalanes engañados

La manifestación del pasado sábado en Barcelona parecía, en principio, que iba a dar cauce a las quejas del català emprenyat, ese término, gráfico y grosero, que hoy se emplea para identificar a los ciudadanos crecientemente irritados con la situación política en Catalunya desde del primer gobierno tripartito y la odisea a ninguna parte que ha resultado ser el nuevo Estatut. Sin embargo, tanto la plataforma organizadora, netamente soberanista, como el lema escogido – "Pel dret a decidir… les nostres infraestructures"-, ya indicaban que el objetivo era otro: estimular el victimismo nacionalista con el fin de convencer al ciudadano de que la única solución a los actuales problemas es la independencia de Catalunya. Tras la manifestación todo ello se ha confirmado.

Ahora bien, ¿estamos pidiendo el derecho a que la Generalitat decida sobre las infraestructuras de Catalunya? Absurda petición: desde los inicios de la autonomía, hace más de veintisiete años, la Generalitat ya tiene amplias competencias en esta materia y muy poco ha hecho para mejorar la situación. Es más, los partidos que han gobernado la Generalitat – es decir, casi todos los partidos catalanes- no sólo poco han hecho en materia de infraestructuras sino que, encima, en ciertas ocasiones, han impedido que el Estado construyera muchas de estas obras y, además, en otros casos, no han efectuado presión alguna para que el Estado llevara a cabo otras que a todas luces resultaban imprescindibles. 

La paradoja, por tanto, es más que notable. Pedir ahora más competencias, hasta alcanzar a la independencia, por parte de aquellos que no han ejercido ni con eficiencia ni con eficacia las competencias que tenían cuando han ocupado el poder, es un simple ejercicio de cinismo político. Por eso me parece que los que se manifestaron sinceramente por el déficit en infraestructuras eran ciudadanos engañados que hubieran debido dirigir sus protestas a muchos de sus compañeros de manifestación: a Jordi Pujol, en primer lugar, también a Maragall y, por supuesto, a los representantes de CiU, de ERC y de IC. Los que fueron a pedir, simplemente, la independencia de Catalunya, sabían perfectamente por qué estaban ahí y utilizaban la excusa de las infraestructuras para sus propios fines, pero los otros, los de buena fe, más que catalanes realmente emprenyats, se deberían haber sentido catalanes enganyats, engañados por quienes habían convocado una manifestación con objetivos distintos a los anunciados y también por quienes, siendo culpables de la situación, han intentado descaradamente capitalizarla para sus propios fines partidistas. 

Hagamos un rápido e incompleto recordatorio de lo mucho que se podía haber hecho en materia de infraestructuras desde 1980 y no se ha llevado a cabo. La autovía más transitada que es competencia de la Generalitat es la C-58, la Barcelona-Terrassa, diariamente embotellada en horas punta: fue construida en época de Franco y la Generalitat se ha limitado a añadirle un carril. La autovía estatal Barcelona-Lleida tardó más de cinco años en terminarse debido a varios recursos interpuestos por ayuntamientos gobernados por CiU. Desde hace siete años, la Generalitat pone trabas a que el Estado construya el cuarto cinturón, que ya estaría terminado si estas trabas no hubieran existido. 

Por otro lado, nunca los gobiernos de la Generalitat han reclamado la autovía más necesaria de Catalunya: la que debería discurrir en paralelo a la costa desde La Jonquera hasta el linde con la provincia de Castellón. ¿Por qué? ¿Quizás porque sería una competencia que restaría beneficios a la empresa concesionaria de la autopista de peaje que, desde la época de Franco, hace el mismo recorrido? ¿No será también esta la razón por la cual se pusieron tantos obstáculos por parte de los ayuntamientos de CiU a la autovía Barcelona-Lleida? Total: la única nueva carretera construida por la Generalitat – y financiada con recursos del Estado- ha sido el Eix Transversal que, desde su sus mismos inicios, ya se reveló como insuficiente por ser demasiado estrecho. En lo demás, como máximo, la Generalitat se ha limitado a ampliar algún carril, trazar variantes y diseñar rotondas. Pobre balance de una gestión de 27 años. 

Peor todavía es la situación de los ferrocarriles. En estos mismos años, la Generalitat no ha llevado a cabo ninguna nueva línea de ferrocarril, ninguna. La semana pasada, precisamente, la comisión de Urbanismo de la Generalitat aprobó el trazado de las dos primeras líneas: la que discurre paralela al Eix Transversal y la que debe rodear el área barcelonesa en paralelo al proyectado cuarto cinturón. Ninguna imaginación, por tanto, y todo provisional y en fase embrionaria: aún faltan otras consultas y autorizaciones. Igualmente escandalosa es la construcción del metro en Barcelona y su zona de influencia: ninguna estación nueva en los últimos cuatro años. Mientras Madrid ha construido 110 kilómetros de metro, Barcelona en igual periodo y con idénticas condiciones de financiación, es decir, en igualdad de condiciones, no ha llegado a construir ni el diez por ciento de Madrid. Ahí están las cifras. 

Mientras, engañados, nos manifestamos. Por la dignidad, dicen. La culpa siempre es de los demás. Hasta que no sepamos mirarnos al espejo y pedir también responsabilidades al Govern de Catalunya en aquello que es de su competencia, los males de Catalunya no tendrán remedio.   

Francesc de Carreras, Catedrático de Derecho Constitucional de la UAB
La Vanguardia, 7 de diciembre de 2007

 

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