La teoría del shock

Naomi Klein, la autora del célebre No Logo, acaba de publicar un nuevo libro: La doctrina del shock. El auge del capitalismo del desastre. Es una obra sumamente inquietante que confirma a Klein como una de las puntas de lanza del pensamiento crítico de éste nuestro incipiente milenio. Con grandes dosis de sentido común y lucidez, la autora cuestiona determinados aspectos del sistema social-económico-cultural-político actual.

Analiza con todo detalle algo que podríamos situar a medio camino entre el mecanismo psicológico y la estrategia política. Y, una vez descrito, lo utiliza como clave que le permite interpretar de manera novedosa algunos acontecimientos del devenir actual. Los resultados son sorprendentes.

Es la doctrina del shock. Es simple: las situaciones de de shock son enormemente fecundas si uno sabe aprovecharse de ellas, porque son momentos de desorientación, de vacilación, de vacío interior que pueden utilizarse para provocar un cambio radical. Un cambio que, en circunstancias normales, no sería posible. El shock pude ser una catástrofe económica, un desastre natural, una acción terrorista o una guerra. El libro describe uno de los efectos más asombrosos de estas etapas de crisis total: causan desorientación, ablandan a sociedades enteras, las dislocan de tal manera que, en su aturdimiento, están en condiciones de asumir cirugías radicales, "terapias de choque económico". Las grandes crisis pueden ser extraordinariamente útiles. Constituyen una oportunidad irrepetible para imponer medidas extremas.

La idea no es nueva. El viejo economista Milton Friedman se refería a ella en su conocido Capitalismo y Libertad: "Sólo una crisis produce un auténtico cambio. En el momento en que sucede la crisis, las acciones que se emprenden dependen de las ideas que existen por ahí". El mejor momento para imponer medidas económicas que representen un cambio radical es la fase de shock. Nada de pequeñas reformas, hay que esperar la crisis y entonces, aprovechando el desastre, innovarlo todo de golpe.

Interesante, muy interesante. Friedman se refería al mecanismo como una estrategia de poder para implantar el libre mercado. Klein toma la hipótesis y la extrapola a otros ámbitos de la realidad no tan directamente dependientes de la economía: el golpe de Pinochet en Chile, los atentados del 11-S, la guerra de Irak, el huracán Katrina en New Orleáns, los tsunamis del sudeste asiático… También funciona a nivel individual: los electroshocks se utilizan en psiquiatría –afortunadamente cada vez menos– para provocar cambios radicales en la mente enferma. Con intención menos noble, se utiliza una técnica semejante para quebrantar la resistencia de los prisioneros políticos. De la misma manera que los economistas aprovechaban los traumas colectivos (guerras, desastres…) para modificar la estructura social, los torturadores (ella cita exclusivamente Abu Ghraib y Guantánamo; digo yo que deberíamos añadir el Gulag soviético o los campos de concentración nazis, como poco) se sirven del choque psicológico, del trauma particular, para conseguir sus objetivos.

Las crisis, pues, pueden ser fortuitas o provocadas. Klein analiza sagazmente como los "malos", los defensores del capitalismo más salvaje, se sirven sin escrúpulos de estas situaciones para conseguir sus objetivos políticos y económicos.  Es como una pequeña luz que te permite adivinar una cierta lógica en algunos de los acontecimientos recientes aparentemente más incomprensibles. Pero uno no puede dejar de pensar que, probablemente, Naomi Klein se queda algo corta. Ciertamente sus adversarios políticos utilizan el mecanismo, pero ¿sólo ellos?

Más que una estrategia exclusiva de los gurús del pensamiento único del libre mercado, parece propia de todos aquellos que persiguen sus intereses políticos hasta el punto de hacerlos prevalecer sobre la dignidad humana. Ojalá la administración Bush fuera la única capaz de justificar la utilización de procedimientos no estrictamente democráticos en función de la nobleza de sus objetivos.

Quizás, sin proponérselo, Klein nos esté dando claves para comprender la obsesión de la administración catalana por hacer desaparecer el castellano de todo el proceso educativo. Ni en el patio, ni en las aulas, ni en los textos, ni en las reuniones privadas de tutoría, ni en los momentos de confidencia. Nunca. Ni una palabra en su lengua materna. Mente loca sería aquella que suponga en tal acción propensión al sadismo o a la venganza; igual forma parte de una estrategia fríamente calculada. Estrategia de choque encaminada a crear el vacío imprescindible para poder acabar con el ciudadano real y substituirlo por el ciudadano virtual.

Demasiadas veces, demasiada gente se ha preguntado y se pregunta desorientada: ¿cómo es posible que esté pasando esto en Cataluña y nadie haga nada? Quizás nosotros hayamos pasado por ese momento de desorientación, de vacilación, de fuerza moral quebrada para oponerse a unas medidas nacionalistas envalentonadas a causa de 40 años de franquismo que lo justificaban todo, si en el todo entraba aquello que había sido objeto de persecución. Posiblemente, estemos asistiendo ahora mismo a la continuación de ese momento de desorientación, de vacilación, de vacío interior que puede utilizarse para provocar un cambio radical, cada vez que sentimos ansiosos decir a los nacionalistas: "Ahora o Nunca". Y puede que tengan razón: adolescentes sin escrúpulos como Zapatero no llegan a la presidencia de España todos los días.

Mientras tanto, el sopapo del shock identitario,parece servir también para mantener a la ciudadanía aturdida y sumisa, abandonada en cualquier andén de cualquier tren de cercanías.

Antonio Robles (Diputado en el Parlamento de Cataluña)
Libertad Digital (26.10.2007)

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